Calor frío

                                       por Raúl Chico

Voy a echar mucho de menos el calor de Madrid. Esos rayos de sol reflejándose en las ventanas y abrasando el asfalto. Esos coches transformados en bloques de metal incandescente. Esa fuente que contra todo pronóstico tiene agua y además fresca, y que supone un oasis en el largo camino de nómada  que significa atravesar caminando las ciudades. Ese ambiente de barrio en el que los vecinos sacan las sillas a la calle para disfrutar de una tertulia nocturna.

Nunca pensé que sentiría añoranza por esas cosas, pero desde este refugio de la Antártida suenan lejanas y deseables, casi como un sueño. Acabo de llegar y el frío polar estremece todo mi cuerpo. A pesar de la abundante ropa de abrigo, el cambio de temperatura ha sido tan brusco que aún no me he acostumbrado. El interior de la vivienda es todo lo cálido y acogedor que es posible. Termos de café y mapas están desperdigados por las mesas. Desde la puerta se pueden ver a una gran cantidad de pingüinos deambular con sus graciosos andares.

En esta zona hay mucho trasiego de científicos de varias nacionalidades. La base es argentina, y eso fue lo que me hizo elegirla para evitar problemas con el idioma. Todavía no sé muy bien qué hago aquí, más allá de huir de las altas temperaturas. Pasar el verano aquí se veía de otra manera antes de llegar y no soy capaz de elegir si me disgusta más el calor o el frío.

Por lo menos parece un buen sitio para escribir…

 

 

 

No hay comentarios

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.