Nadie sabe muy bien por qué se convierte en lector o en lectora. No hay fórmulas mágicas. Quien las venda o las pregone alegremente miente tanto como el inventor del crecepelo. Vende humo. Un humo resultón, pero humo, al fin y al cabo.

Hay infinidad de libros y de testimonios de escritores que hablan de la manera en que descubrieron la lectura y de cómo esta los salvó. ¿De qué? Eso ya no está tan claro. Muchas veces del aburrimiento ligado a una larga convalecencia; otras veces del acoso y los insultos de sus compañeros del colegio; y en otras ocasiones del tedio mismo de la misma vida, que es igual tenga uno cinco o noventa y cinco años. Insondable. Invasor. Estas biografías lectoras son un género en sí mismo que se puede leer con cierto interés o con tremenda suspicacia, dependiendo del ego y la habilidad de quien las escriba, pero es indudable que casi todas ellas acaban redundando en ciertos lugares comunes, ya que son obras de escritores consagrados, de letraheridos que han acabado dedicándose en cuerpo y alma al oficio de escribir, es decir, de producir libros para que otros los lean. No juegan en terreno neutral.

En cualquier caso, leer sigue siendo un gran misterio. No solo porque, como afirma Maryanne Wolf en Lector, vuelve a casa, cuya lectura recomiendo, el cerebro humano no nació para la lectura, sino porque el hecho mismo de leer ha cambiado el cerebro humano, aunque no nos demos cuenta de ello. Aceptamos con naturalidad una actividad que es mucho más sofisticada de lo que parece. Basta reflexionar un poco sobre el proceso de la lectura para darse cuenta. No hace falta ser neurólogo para darse cuenta.

Tampoco hace falta serlo para percatarse de que todo este proceso de dependencia y uso cada vez mayor de la lectura en pantalla y digital por fuerza ha de crear nuevos canales y habilidades en el cerebro de los que apenas sabemos nada ahora mismo. Son tan desconocidos como la mayor parte del espacio, aunque con la diferencia de que a este lo tenemos fuera y a miles de millones de kilómetros y al cerebro lo llevamos siempre puesto y es una extensión minúscula comparado con el universo.

El tiempo, sin duda, demostrará qué está haciendo Internet con nuestras mentes, como decía Nicholas G. Carr en su y difundido famoso libro. De momento, si comparamos el tiempo que llevamos expuestos a la lectura digital con el que no hemos estado expuestos a ella, veremos que el segundo gana la partida, y eso hace muy difícil ser objetivo o analizar sus consecuencias. Si nuestro propio paso por la tierra es apenas una huella superficial y poco visible en la enorme arena de la playa del tiempo, la lectura en pantalla es apenas una muesca en el enorme armario de la historia de la lectura. Llegar a conclusiones apresuradas es tan fácil como tentador. Pero para eso está la ciencia: para ir poniendo piedra a piedra el camino hacia el entendimiento. O para saber si tantas horas pasadas pegados a la pantalla del móvil, de la Tablet o del ordenador nos hace de verdad peores.

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