Llega el verano y nos volvemos ambiciosos. Muy ambiciosos. Queremos hacer en solo tres meses lo que en el resto del año se ha quedado en el tintero, como si el calor dilatase el tiempo hasta convertirlo en una sustancia infinitamente maleable y dúctil.

La pandemia ha acrecentado esta ansiedad. La esperanza de la movilidad sin límites (PCR o vacuna mediante) se abre ante todos nosotros y, con el lujo de poner lucir la cara descubierta en exteriores, estamos listos para reconquistar el tiempo perdido. Aunque, en realidad, solo ha sido un año de privaciones, nos permitimos caprichos y todo tipo de mudanzas en nuestras costumbres.

Porque nos lo merecemos. Porque lo valemos.

No sea que quedemos como unos pringados por no haber vomitado desde un barco alquilado o visto atardecer mientras masticamos arena con patatas fritas. No sea que acabemos como la pobre Sally Brown, reconociendo el primer día de clase que se pasó el verano viendo los concursos de la tele, a pesar de que sus planes para el verano eran tan ambiciosos como “aprender francés, plantar un jardín, tocar los cuartetos de Bela Bartok y leer Guerra y paz”. O como la protagonista de El rayo verde, de Eric Rohmer, que va de mal en peor durante todas sus vacaciones estivales, pese a que no paran de surgirle planes.

Pero los días de verano duran lo mismo que el resto del año, aunque el sol se ponga más tarde, y las horas y los minutos, también. El tiempo da de sí lo que da de sí, y, desprovisto del esqueleto de rutinas que sostiene nuestra cotidianidad, pierde consistencia y se aplana.

Ahora que el verano se extiende ante nosotros como una playa sin pisar después de la bajamar, ya estamos angustiados por hozarlo con la misma impaciencia con que arrostramos los días el resto del año, pero concentrada en dos semanas de vacaciones, que es lo que con suerte nos podremos permitir. Nos dejaremos la piel por volverlo memorable y dejar huellas, aunque muramos en el intento.

Porque lo valemos. Porque nos lo merecemos.

(Dedicado a F., con calor veraniego).

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