Todas tenemos alma de vedette y columnista. Quizás porque nos gusta enseñar las piernas y dar nuestra opinión y, si nos quitáramos la careta de falsa modestia que facilita nuestra convivencia, reconoceríamos nuestro deseo de subirnos a un púlpito desde el que arengar a las masas con nuestras opiniones, aunque al final nos conformemos con discutir en reuniones familiares y grupos de WhatsApp. Dramas de la clase media. Y de la vida normal

“¿Quién, si yo gritara, me oiría desde las jerarquías de los ángeles?”, decía Rilke en la primera de sus Elegías de Duino. Si escribiera hoy, y fuera un poeta que se prodigara en Twitter e Instagram, quizás no invocaría a las jerarquías de los ángeles, sino a la tiranía de las redes. Quién nos escucha hoy. Cuántos seguidores tenemos. Cuántas visitas, cuántos likes. Quién, ahora que me he puesto a escribir aquí y me asomo a esta ventana alargada, me lee desde las esferas de la web y qué opina de lo que estoy diciendo. He ahí el dilema.

Carmen Martín Gaite decía en un breve y lúcido ensayo, La búsqueda de interlocutor, que escribir era buscar ese interlocutor perfecto que rara vez se encuentra en el día a día y que, cuando aparece, es un cometa que ilumina con su trazado fugaz y fosforescente la oscuridad de la incomunicación. Tal vez por eso casi todas sus novelas giran en torno a ese problema y algunos de sus mejores ensayos reflexionan sobre los entresijos del arte de contar. A algo tan prosaico y a la vez tan necesario reducía ella la escritura. Quizás sea así. Hace falta ser muy lúcida para huir de la trascendencia y el autobombo.

Hoy en día escribir ya no es lanzar una botella al mar sino sobrevivir en esa red inmensa que nos atrapa a todos, como los microplásticos, la basura oceánica y esos peces arrastrados por los pescadores de altura como daño colateral. Tal vez alguien, navegando por la web, llegue hasta aquí. O tal vez no. Envueltos por una red de la que difícilmente podemos prescindir, pero que no nos une ni nos da más calor o más amor, nadie sabe adónde o hasta dónde llegamos.

“Y, sin embargo, yo os canto”, como decía también Rilke en su segunda elegía. Yo escribo y os hablo. Enseño las piernas porque busco la admiración, o quizás compañía y calor. Alguien que me escuche, aunque sea a través esta red silenciosa tejida con el ruido del mundo. Me subo a esta tarima y me pongo a nadar hacia vosotros, hacia vosotras, que estáis por ahí, con la esperanza de que hayáis llegado al menos hasta esta última palabra. Hasta aquí.

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