Cuando, a los cinco o seis años, pasé unas vacaciones de Pascua en una localidad de la costa de Valencia, di por hecho que allí los niños no asistían al colegio y que los adultos no iban a trabajar. Tal vez porque a la vista no había ni oficinas ni escuelas, o porque toda la gente que iba por la calle parecía estar de vacaciones. Aunque hoy parezca una idea absurda, de alguna manera yo había logrado colegir, con las torpes y rudimentarias herramientas de mi pensamiento infantil, que aquel pueblo era algo parecido a lo que ahora se llama un no lugar.

Muchos años después, ya adulto, viví durante unos años en otra localidad costera y pude entonces comprobar por mí mismo que allí los adultos iban a trabajar y los niños a la escuela, y que su vida era bastante parecida a la de la gente del interior. Pero pude comprobar también que existe un momento en que esos lugares empiezan a vaciarse con urgencia, sacudidos por una fuerza centrípeta que traza en la Península una corona radial cuyo centro siempre imaginamos – rémoras del centralismo, imagino, y de los medios de comunicación – en Madrid y alrededores, que es donde pasa todo.

Es entonces cuando, como un juguete analógico que un niño olvida cuando le compran su primer móvil, esta España costera queda vaciada, convertida en un teatro sin atrezo ni actores que hiberna indolente durante el resto del año. Y es entonces también cuando las empresas de instaladores de alarma se frotan las manos mientras entonan sus cantos de sirena: ha llegado el momento de hacer sus definitivos y rentabilísimos nueve meses de agosto.

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