Vivimos tiempos curiosamente extraños y contradictorios.

Hace unas semanas se armó un revuelo considerable cuando un ministro anunció un proyecto de ley que pretendía regular y reducir el consumo y la publicidad de la carne. Le salió al paso todo el mundo. Hasta el jefe de su propio gobierno, que nos regaló una réplica que rivalizaba en su altura política y retórica con la niña de Rajoy, el “Me he enterado por los periódicos” de Felipe González o el “¿Quién te ha dicho que conduzcas por mí?” de Aznar.

Sin embargo, hace unos meses no se armó tanto revuelo – o se armó otro tipo de revuelo – cuando una candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid bendijo las virtudes de la cerveza de grifo como bálsamo reparador de todos los males, y, sobre todo, de los laborales. Nadie pareció escandalizarse ante tan exitosa – a la vista de sus resultados apabullantes, lo es – fórmula, lo cual de muestra cómo en tanto sociedad hemos naturalizado el acto de beber alcohol como hecho cotidiano y hasta banal. Tomarse una caña parece algo casi tan natural como caminar u orinar, que es lo que hace la gente precisamente después de beber mucha cerveza.

Ayuso no está sola en todo esto. Hay un sinfín de manifestaciones populares, artísticas, literarias, musicales y cinematográficas en las que se ensalza con festiva inconsciencia y enorme alegría las virtudes desinhibidoras del alcohol. Y, como contrapartida, se ha creado una mitología un poco soez sobre el alcohol y sus virtudes, que implica asimismo toda una contra-mitología contra los abstemios y los que miran con cierta suspicacia el alcohol como sustancia social y catalizadora. Quien no bebe es señalado con el dedo, y la gente que sí lo hace pregunta hasta la saciedad. Más aún si ya están borrachas, como si les molestara que alguien no reforzara su decisión, cuando hay muchos motivos para dejar de beber o para no probar una solo gota de alcohol sin que hacerlo signifique ser un puritano o un milennial (algunos piensan equivocadamente que es lo mismo, por cierto).

Hay un libro que se llama La última copa, de Daniel Schreiber (Asteroide), que habla en primera persona de la frontera difusa entre el bebedor social y el alcohólico. Lo que cuenta es terriblemente familiar. Todas conocemos a personas que sabemos que beben demasiado y que, lo que es peor, no beben bien. Hay que ver lo que bebe Fulanita. O cómo iba Menganita el otro día. Qué risa. Siempre va igual. Lo sabemos, y a veces lo decimos con una sonrisa complaciente mientras apuramos una cerveza en la barra de un bar después de un mal día (a la madrileña) y hacemos un gesto al camarero para que nos ponga otra, sin pensar que podemos ser nosotras también.

Por eso, una sociedad que glorifica o hace la vista gorda con el acto mismo de beber no puede tal vez pedirle a la juventud que no beba o no haga botellón. Probablemente los jóvenes no se toman un gin-tonicsentados cómodamente en una terraza porque no pueden pagárselo. No como los adultos que llenan las aceras por las tardes y las noches, apurando una y otra vez la penúltima copa. Hasta que el cuerpo aguante. O hasta que el toque de queda les expulse de ese paraíso etílico y los devuelva a la sequedad de sus vidas y sus casas.

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