A raíz de una gran pancarta situada en la fachada del Centro Cultural Antonio López de Coslada por la Concejalía de Igualdad del municipio, mi hijo de 7 años me preguntó –Papá, ¿qué es porno?-.

Un tanto desarmado ante la curiosidad indiscreta de mi hijo alcé la vista a la gran pancarta y leí una vez más “Porno=Escuela de Violencia Machista”. Todos los padres sabemos que tarde o temprano van a llegar preguntas de nuestros hijos, y poco a poco la vida nos va dotando de aptitudes que nos preparan para el momento de su llegada.

Todos los padres, además, tenemos derecho a decidir cuándo y cómo queremos hablarles a nuestros hijos acerca del sexo, de la pornografía, de la muerte o de la vida. Un derecho que es deber y privilegio, porque son los padres los que debemos disfrutar de satisfacer la curiosidad de nuestros hijos cuando así lo consideremos, y nunca cuando lo establezca la opinión de una Concejalía.

Más allá de la usurpación de este derecho, la pancarta no ofrece más que un burdo mensaje carente de matices que apoya más su certidumbre en el tamaño y situación de la pancarta que en la argumentación.

Porno ha habido desde que ha habido personas dispuestas a representar el acto sexual. Algunas de estas representaciones han pasado a la historia como grandes creaciones del ser humano. En la Grecia clásica se han encontrado maravillosas cerámicas en las que se explicita el acto sexual. También falos esculpidos en lugares de culto como el templo de Dioniso en Delos. En Pompeya y Herculano existen frescos de libre albedrio sexual. En las casas sepultadas por el Vesubio era común encontrar itifallici (falos en erección) que servían para decorar campanitas que tintineaban con el movimiento que el viento imprimia al miembro, en bronce, y que probablemente tenía a la fertilidad del hogar como símbolo.

Representación de un trío hallado en Pompeya. (S.I dc)

Recordemos el Kamasutra hindú, que por cierto entiende el sexo como una “unión divina no pecaminosa” y que abarca conceptos tan amplios y distantes como: besos, juegos sexuales, preliminares, orgasmos, sexo oral, tabúes, tríos o aspectos del cortejo y matrimonio. También los antiguos egipcios, que fueron fuente para los helenos, hicieron su aportación a lo que hoy llamamos pornografía. Palabra que por cierto no existía para ninguna de aquellas primeras civilizaciones y que surge a mediados del siglo XIX para connotar despectivamente este tipo de representaciones explícitas humanas.

Por otro lado, afirmar que Porno es igual a violencia machista es obviar sin ningún tipo de rigor otro tipo de pornografías comunmente extendidas, como la pornografía gay o la pornografía lésbica. En la primera las mujeres brillan por su ausencia y en la segunda, los hombres, por lo que en ninguna de ellas puede darse violencia machista. Es probable además que hoy, con la dilución de los géneros sexuales, surjan nuevas formas de pornografía que satisfagan los intereses de otros muchas.

También hay que tener en cuenta que la línea entre erotismo y pornografía es difusa. ¿Podemos calificar de pornográfica una película de Lars Von Trier? ¿Es pornográfica El imperio de los sentidos? ¿Es pornográfica una película de Bertolucci? Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que la izquierda progresista cruzaba los Pirineos para ver El último tango en París o para traer consigo revistas porno fuera del alcance de la moralina del nacionalcatolicismo.

Finalmente hay que tener en cuenta que en la producción de películas pornográficas, en su más amplio espectro de satisfacción de filias sexuales, están implicadas personas en su mayoría de edad y libres de hacer con su cuerpo lo que les plazca. No se trata pues de violaciones ni de prostitución, y llamar puta a una actriz porno es caer en la misma moralina beata de la Iglesia Católica.

No quiere ser esta editorial un panfleto a favor de la pornografía. Es cierto que los niños y jóvenes de hoy en día tienen demasiado fácil el acceso a la pornografía. Y es aquí donde hay que actuar. En este sentido, es mucho más acertada la pancarta que hay en la fachada de la Concejalía de Infancia de Coslada, donde se lee algo así como “Porno, no te flipes, es solo cine”.

Porque junto a la necesidad de poner coto al acceso a la pornografía existe también la necesidad de indicar, no ya a los jóvenes –que desde Lesbos emplearon la pornografía para aprender sexo (y no digamos ya bajo el imperio católico)–, sino a adultos de que la pornografía es una ficción cinematográfica, y quizas cada una de la películas porno deberían contener este rótulo permanente para recordarles que lo que ven es falso.

Pero todo esto es una cuestión ajena a los niños, que tienen que pensar en todo menos en preguntarse qué es el porno. Emplear el espacio público para exhibir moralidades personales de adulto es un ultraje a la educación de nuestros hijos. Somos los padres quienes tenemos que abrir esa puerta cuando así lo determinemos. Y todo esto lo puede entender perfectamente aquel que tenga hijos.

Las actividades del 25N denunciarán la pornografía por ser escuela de violencias machistas

 

 

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