Cuando en mayo de 2011 surgió el movimiento ciudadano del 15-M se inició un proceso de reestructuración del panorama político en España. Aquellas protestas dieron como resultado el nacimiento de nuevos partidos que iban a desequilibrar el tradicional bipartidismo español.

Las nuevas formaciones políticas, primero Podemos y después Ciudadanos, fueron un soplo de aire fresco para la democracia española, que acababa de cumplir treinta y pocos sin haber visto otros padres que el PSOE y el PP.

Se pensó entonces que la irrupción de estos nuevos partidos hacía España más democrática, más moderna, más justa. Sentíamos que ampliar la oferta política era un signo de los nuevos tiempos. Unos porque decían no ser “casta”; otros apelaban al fin de la dicotomia entre izquierda y derecha.

Sin embargo, bajo esta supuesta amplitud de opciones, los nuevos partidos han venido de la mano de una espeluznante polarización del pensamiento político. Contrariamente a lo pensado, esta mayor oferta de papeletas para meter en la urna no ha supuesto una mejora de nuestra calidad democrática, de nuestra capacidad para entender otras ideas y saber convivir con ellas, sino que la sociedad se ha atricherado en sus propio pensamiento, haciendo cada vez más hondo su nicho, hasta el punto de no ver más que allá que las cuatro paredes de su fosa.

Buena parte de esta polarización, penosamente traducida en odio al pensamiento ajeno, tiene su catalizador en los contenidos que nos ofrecen los medios de comunicación y las redes sociales. Cuando éstas nos ofrecen solo aquello que nos atrae dejamos de conocer aquello que no. Esto es “inofensivo” en lo que a productos de consumo se refiere, pero tremendamente peligroso en cuanto a ideas políticas.

La amplitud de la oferta política ha derivado en polarización, el tiro por la culata, lo que significa un empobrecimiento atroz del discurso político. A esto han contribiudo también los nuevos partidos, los primeros en disponer de ejércitos de opinión en redes sociales, a base de ensalzar la cultura del líder.

La concentración de poder es una consecuencia del empobrecimiento de las ideas. Que a su vez se atomizan más y más para que los discursos, cada vez más simples, puedan calar en las mentes de los ciudadanos de forma más rápida y directa. Por esta razón apenas conocemos a los candidatos de un partido más allá del número uno de la lista. Por esta razón el debate político de las últimas elecciones regionales fue nulo y lamentable.

La cuestión es que el ensalzamiento del líder no es acorde con una democracia sana. Sirvan de ejemplo el culto al caudillo del franquismo español, al duce del fascismo italiano o al führer del nazismo. Otros ejemplos más recientes hay de banderofilia. Algo de enfermedad hay en una sociedad cuando se entronizan las banderas.

En la política local se notan los efectos de la política nacional, de la misma forma que en el periodismo local miramos al nacional. Parte del legado periférico de lo ocurrido a nivel nacional es este culto al líder en lo local. Y no se trata de una cuestión de izquierdas ni derechas. Si uno examina las notas de prensa que los ayuntamientos emiten a diario se dará cuenta de que los Gobiernos municipales no pierden ocasión de incluir la firma de su alcalde en los textos, aún cuando pocas veces son realmente de ellos y si más de sus equipos.

Esto es normal y aceptable siempre y cuando la nota sea profusa en datos e informaciones, pues “una declaración enriquece siempre el texto”, según explican los manuales de periodismo.

Pero algunos Gobiernos no se contentan con incluir la voz de su alcalde en el grueso del escrito, sino que el nombre de su líder encabeza todas y cada una de las notas de prensa que divulgan. Se corona al alcalde con el título de regidor en ese afán de concentrar las actuaciones de gobierno en su persona, como el mismísimo Luis XIV Rey Sol.

Este culto personalista minusvalora la inteligencia de los ciudadanos, que ven como un día tras otro se los bombardea, a la manera de anuncios publicitarios reiterativos, con la imagen de su alcalde. Se trata sin duda de una estrategia tan antigua como los faraones, pero dice muy poco sobre la riqueza del discurso de los que la emplean, que no es más que polarización y empobrecimiento democrático.

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