Espera

                                       por Raúl Chico

El camino de regreso a casa de cada día comenzaba allí, en ese andén de tren, en el que parecía que el tiempo se le escurría entre los dedos. Pero en esta ocasión la suerte le esbozaba una ligera sonrisa: su tren llegaba ya, así  que no tardaría tanto en recorrer la ciudad.

Una vez dentro, pudo sentarse y seguir leyendo el libro de relatos de Cortázar que le tenía entretenido aquellos días. Pudo ver cómo a su alrededor lo que más abundaba era gente mirando fijamente las pantallas de sus teléfonos móviles. Recientemente había leído el famoso cuento de los axolotl, esos seres acuáticos cuya mirada esconde milenios de naturaleza. Aquellos anfibios le recordaban a los pasajeros, encerrados en el vagón como si fuese un acuario. Podían observar el exterior, pero estaban obligados a permanecer dentro del tren, como espectadores mudos sin posibilidad de cambiar su destino.

Se pasó la mano por la cara. Ese tipo de desvaríos siempre le venían a la cabeza cuando estaba muy cansado y usaba ese tipo de transporte. Menos mal que el tren pronto arrancaría y la visión del paisaje podría distraerle de esos pensamientos. Fue en ese momento cuando se dio cuenta. La gente de los otros andenes no dejaba de mirar y señalar en dirección al vagón en el que se encontraba. Daba la sensación de que el tiempo se había congelado. ¿La realidad había superado a la ficción y se habían convertido en motivo de exposición como un acuario repleto de axolotl? Sentía que aquel instante era un momento interminable que nunca terminaba de pasar.

Cuando miró su reloj lo entendió rápidamente. Había pasado casi media hora desde que se subió al vagón, y el tren seguía parado a causa de una avería. Se acomodó en el asiento, dispuesto a seguir fabulando mientras disfrutaba de las deliciosas esperas que le proporcionaba el transporte público.

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