Mensajes en el mar

por Raúl Chico

Vicente ya no sabía qué hacer para combatir el aburrimiento. Tras su jubilación, acostumbraba a pasar los meses de verano con la familia en un pueblecito de la costa levantina. Paseos por la playa y visitas a los chiringuitos eran su tranquilo día a día. Pero ya le resultaba rutinario el hacer lo mismo semana tras semana. Mientras observaba cómo el mar arrastraba hacia la orilla una colchoneta inflable, algo se iluminó en su cabeza.

Con rapidez empezó a llevar a cabo su idea. Lo primero era comprar muchas botellas pequeñas, a las que quitó el tapón. Después necesitaba muchas hojas de papel, las cuales arrugó para darles un aspecto más antiguo.  También las impregnó de granitos de arena y las introdujo en las botellas, tapándolas cuidadosamente con corcho.

En esas hojas había escrito historias de todo tipo, cambiando la manera de escribir y el tipo de letra en cada una. Tan pronto contaba la odisea de una pareja de novios cuyo barco se había hundido, yendo a parar a una isla desierta, como la de un soldado sin comunicación con el exterior y que pensaba que la guerra en la que estaba envuelto no había terminado. Su imaginación se encontraba desbordada. No se divertía tanto desde su época de maestro, en la que tantas veces relató cuentos a sus alumnos.

Desde entonces, cada amanecer Vicente depositaba una botella en la arena cerca de la orilla. A lo largo de la mañana se quedaba observando hasta que alguien encontraba el mensaje. Y una sonrisa se dibujaba en su rostro cuando veía las caras de asombro de niños y mayores al leer las notas.

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