Fotografía perfecta

por Raúl Chico 

Desde que tuviera capacidad de poder recordar, la pasión de Paula siempre había sido la fotografía, en concreto la de animales. Sus padres tuvieron mucho que ver. Cuando era pequeña, en vez de dibujos animados le mostraban vídeos de Félix Rodríguez de la Fuente y toda clase de documentales, y así fue cómo despertó su pasión por documentar la vida animal en primera persona.

Para ella era muy importante no inmiscuirse en el camino de ninguna especie y reflejar su día a día desde fuera. De esa manera, se convirtió en una espectadora más de la naturaleza y con sus imágenes intentaba transmitir esa admiración por los seres vivos al público. Recorrió los cinco continentes, fotografiando a los animales más espectaculares de la tierra, el mar y el aire.

Pero tenía una espina clavada. En la repisa de su ventana, a la que siempre miraba de reojo mientras editaba las fotos, se solían posar pájaros de todo tipo. Apenas estaban unos segundos, y rápidamente emprendían el vuelo. Aquellas aves eran imposibles de inmortalizar ya que era el único momento en el que no llevaba la cámara al cuello, y nunca conseguía alcanzarla a tiempo. Realmente era una tontería. Había logrado fotografiar leones y ballenas, y se sentía frustrada por no poder sacar imágenes a unos simples pájaros de ciudad.

Hasta que una tarde, dos de ellos se quedaron posados de una extraña manera, cada uno mirando hacia un lado, como en una formación de ataque. Paula cogió la cámara mientras se tropezaba con todos los muebles de la habitación. Los pájaros esperaron pacientemente sin marcharse. Lanzó una rápida ráfaga antes de que se fueran. Cuando revisó las fotografías, todas habían salido mal menos una. Y curiosamente, fue de la que más orgullosa quedó en toda su carrera.

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