Tras unos meses moviéndome de un lado a otro con la mochila a cuestas ya empiezo a ver el final de este viaje. Miles de kilómetros de caminos de tierra, carreteras descuidadas, vías de tren y alguna que otra autopista bajo mis suelas. Cientos de caras, gestos, miradas… Tantas que mi memoria ha empezado ya a olvidar y es por eso por lo que quiero compartir algunas cosas que he aprendido, aclarado o reforzado durante este tiempo, para el que quiera cogerlo.

Lo primero es que no existe el final del viaje para el que busca algo más que una foto en un sitio exótico para enseñar a la familia y amigos, para el que busca un hilo del que tirar y sacar del otro extremo quizá una verdad, un oasis de comprensión en medio de un mundo confuso y oscuro. Los que busquen esto sabrán que no existe tal final.

No todo ha sido bueno, ha habido momentos muy duros como perder a un ser querido estando en la otra punta del mundo. La distancia no es ningún impedimento para el dolor y ahí que se presentó de golpe, me dio dos puñetazos y se fue. Se fue porque sí, porque tiene que irse, porque no podemos ser esclavos de lo inevitable.

El control de nuestras emociones es algo tan imprescindible como ausente en nuestra vida cotidiana, sencillamente nos dejamos superar por las cosas más ridículas. Ya no hablo de la muerte de un familiar, hablo de todas esas manías y estupideces que pensamos que nos definen solamente por el hecho de no saber lidiar con ellas porque: ¿quién en su sano juicio se predispone a estar enfadado por algo que asume solo tiene importancia en su cabeza? “No, yo es que soy así“. Vale, pero: ¿te has parado a pensar en por qué y cómo remediarlo o te vas quedar en eso? Generalmente se toma la segunda opción. Una de las lecciones más valiosas que he aprendido es sobre este tipo de cosas: hay que pensar en estas manías como en un maestro y aprender de ellas. Reflexionar acerca de por qué reaccionamos como lo hacemos ante ciertas cosas no solo nos ayuda a identificarlas cuando vengan la próxima vez y hacer algo al respecto sino que nos hace también conocernos mejor, saber cómo funcionamos y ser un poco más felices.

El concepto felicidad se me hace muy grande para tratar de explicarlo, a diferencia de tantos timadores que escriben libros de autoayuda y que solo consiguen que sus lectores se sientan culpables de su propia tristeza. Sinceramente creo que parte de esa tristeza viene del total desconocimiento de uno mismo debido al molde al que nos someten desde que nacemos: azul niño, rosa niña, equipo de fútbol, cultura de consumo en la que tu aceptación se basa en qué producto compras, competitividad constante (aceptada y justificada), medios de comunicación introduciéndote el miedo en forma de (des)información y mil cribas más. ¿Qué clase de persona puedes llegar a ser después de todos estos procesos? y, más allá: ¿qué clase de sociedad creamos así?

Creamos personas sumisas con habilidades para encajar en un lugar o en otro de la cadena de producción, emocionalmente castrados, y ajenos a la celda de comodidad en la que están presos.

A veces todo esto estalla (naturalmente), pero esos son datos que no interesa mostrar, no sea que nos dé por asomarnos fuera de la caverna a ver qué hay por ahí por ahí. Casos de violencia extrema por las cuestiones más nimias o largas depresiones sin motivo aparente que en muchos casos acaban en suicidio. Es triste y fácil ver cómo todo está orquestado para que sea así, para hacerte un tonto útil necesitado urgentemente de un buen líder que gestione tu libre albedrío, hambriento de modelos de conducta vacíos a los que copiar (futbolistas) para sentirte aceptado por los que ya lo hicieron antes, una persona que aplauda cuando le dan las migajas del pastel que él mismo ha cocinado.

Quiero reivindicar el silencio como una de las claves del fin de todo esto. ¡Cómo nos gusta hablar de todo, Dios! (y de todo Dios) ¡Qué fácil nos los ponen las redes sociales hoy día para inflar más aún nuestro ego dando nuestra opinión sobre cualquier cosa! Con esto no quiero decir que denunciar injusticias esté mal, solo creo que no es suficiente, un discurso sólo  crea mil discursos más, el de los que lo apoyan, el de los que no, el de los que lo matizan… blablabla. Toda tu energía gastada en palabras. Es tu ejemplo el que cambia las cosas, no lo que sale de tu boca por muy importante que creas que es, en el fondo estás contribuyendo a crear más frustración porque al final nadie mueve un dedo así que ¿qué nos queda? Hacer más y hablar menos, ser visible para que otros hagan lo mismo. En definitiva ser el cambio y no esperarlo.

Tengo la esperanza de que un día seremos muchos los que hayamos desaprendido toda esta basura, y siendo conscientes de quién somos y qué queremos, el mundo empezará a ser un lugar un poco mejor.

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