Regreso

por Raúl Chico

Desde que ella se había ido, a Miguel la vida le resultaba mucho más dura y aburrida. Tras su marcha, el clima se volvió demasiado caluroso y era una auténtica tortura trabajar en la granja y en los huertos. Desde primera hora de la mañana, los cultivos y cosechas recibían rayos de sol abrasadores. Miguel y sus empleados aguantaban con resignación, mientras grandes gotas de sudor recorrían sus frentes. Los animales también sufrían, así que las labores de pastoreo se hacían a última hora de la tarde.

Después de unas semanas, el tiempo se tornó más templado y los días empezaron a acortarse. Los atardeceres cobraron un tinte triste y nostálgico, a la vez que los árboles se quedaban desnudos  y el viento arrastraba montañas de hojas de un lado a otro.

Cada vez hacía más frío y las horas de luz eran escasas.  Las lluvias arreciaban durante toda la jornada, pero eso era preferible a lo que llegó después: fuertes heladas, nieve y granizo que hacían impracticables los campos y caminos. Cuando se reunían por las noches para cenar en el interior de la granja, necesitaban calentarse junto a la chimenea  para quitarse esa sensación gélida que les congelaba hasta los huesos. Aquella ola de frío glacial se estaba alargando de manera indefinida, y no había ningún indicio de que se fuera a terminar a corto plazo. Miguel se quedaba mirando por la ventana fijamente perdiendo la noción del tiempo.

Su regreso fue repentino. Una mañana, cuando despertaron, notaron que las temperaturas se habían suavizado, y que los arboles, plantas y flores comenzaban a llenarse de hojas. Una explosión de color inundó la zona. Cuando pensaban que ella nunca iba a volver, ya estaba aquí de nuevo la primavera.

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