Velas

                                             por Raúl Chico

Clara bajó del autobús que le había llevado hasta el pueblo de su abuela. Aún tenía que andar un largo trecho hasta llegar a la casa. La idea era pasar allí toda la Semana Santa, aprovechando que el frío parecía que se empezaba a marchar. Mientras caminaba por las calles empedradas, le llamó la atención el enorme silencio que se respiraba. Ya atardecía y los últimos rayos de sol se reflejaban en los vetustos edificios.

Cuando llegó a la casa familiar, silbó para que su abuela lo supiera. La anciana salió con un pequeño farol en sus manos. Clara descubrió con sorpresa y decepción que había una avería eléctrica, y que no sería arreglada hasta el lunes siguiente. No imaginaba cómo se iban a apañar todos esos días sin tener luz. La abuela, sin embargo, se mostraba resignada con la situación, y tenía preparado todo lo necesario.

Ambas entraron en la vivienda, en la que habitualmente el olor a madera era el predominante, y que esta vez estaba impregnada de un intenso aroma a torrijas. Mientras las devoraba, la joven pensaba que no estaría tan mal estar unos días sin televisión, teléfono u otros dispositivos electrónicos, pero le preocupaba cómo iban a comer o asearse. El fuego resultó ser la solución a casi todos los problemas: la leña ardiente servía tanto para calentar el agua en palanganas para poder asearse, como para poder hornear pan.

Ninguna de las dos olvidaría nunca aquella noche, en la que cenaron iluminadas únicamente por velas. Con el ulular del viento y el arrullo de las ramas de los árboles como único acompañamiento, el pueblo medio vacío fue el testigo mudo de las antiguas leyendas que su abuela le contó a Clara.

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